Hace 68 años (el 28 de marzo de 1942) murió Miguel Hernández en la enfermería de la prisión donde se encontraba. Tan sólo tenía 31 años.
Para recordarle qué mejor que su propia Elegía a la muerte de un amigo (Ramón Sijé) cantada con Serrat.
He de decir que me cuesta leer poesía, pero él es de esos pocos poetas con los que logro estremecerme. Algunos de sus versos me ponen la piel de gallina. Quizás, también parte del especial cariño que le tengo es el hecho de que en el colegio realizamos hace muchos años un rincón poético en su honor. Yo fui la narradora y tuve que presentar al resto de participantes que recitaban sus poemas. Lo que no impidió que me aprendiera algunos y practicara en casa leyéndome un montón de veces todos los poemas que se recitaron. Quizás la pasión con la que nos dirigió la profesora o el hecho de que fuéramos unos críos hizo que fuera el primer poeta que se me calara muy hondo, como años después lo harían algunos otros. Pero a día de hoy, no puedo leer las Nanas de la Cebolla sin recordar aquello ni la sensación que sentí al descubrir la enorme tragedia que había sufrido ese hombre: la guerra, el hambre, el sufrimiento, la injusticia... la muerte. A veces, hacer comprender algo así a una niña de corta edad que no lo ha sufrido es muy difícil. Pero unos simples versos de Miguel Hernández lo lograron, sus poemas lo dicen todo.
Para recordarle qué mejor que su propia Elegía a la muerte de un amigo (Ramón Sijé) cantada con Serrat.
He de decir que me cuesta leer poesía, pero él es de esos pocos poetas con los que logro estremecerme. Algunos de sus versos me ponen la piel de gallina. Quizás, también parte del especial cariño que le tengo es el hecho de que en el colegio realizamos hace muchos años un rincón poético en su honor. Yo fui la narradora y tuve que presentar al resto de participantes que recitaban sus poemas. Lo que no impidió que me aprendiera algunos y practicara en casa leyéndome un montón de veces todos los poemas que se recitaron. Quizás la pasión con la que nos dirigió la profesora o el hecho de que fuéramos unos críos hizo que fuera el primer poeta que se me calara muy hondo, como años después lo harían algunos otros. Pero a día de hoy, no puedo leer las Nanas de la Cebolla sin recordar aquello ni la sensación que sentí al descubrir la enorme tragedia que había sufrido ese hombre: la guerra, el hambre, el sufrimiento, la injusticia... la muerte. A veces, hacer comprender algo así a una niña de corta edad que no lo ha sufrido es muy difícil. Pero unos simples versos de Miguel Hernández lo lograron, sus poemas lo dicen todo.